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Story Publication logo July 12, 2026

The Guardians of Water: How the Women of the Kolla Community Face the Extreme-Weather Crisis

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This article was originally written in Spanish and published in Infobae. The key points of this article are presented in English below, followed by the original version of the story. For a full English version of this article, please click on the “Translate page with Google” button on the upper right-hand side.


Key Points

  • The climate variability of the Puna region in Argentina's Salta province—cold, heat, floods, and drought—affects the agricultural production systems of a community that relies on papines (small Andean potatoes) as its primary crop.
  • Infobae reported from the field on how the community is adapting in Andean ecosystems that sit at an altitude of 4,000 meters and are vulnerable to global warming.
  • A group of women organizes daily work and seeks answers in the face of a climate crisis that has become part of the landscape: the unpredictable nature of water.

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Las guardianas del agua: cómo las mujeres de la comunidad Kolla de Colanzulí se enfrentan a la crisis hídrica y al clima extremo

A 4.000 metros de altura en la Puna salteña, la variabilidad del clima de ese territorio —frío, calor, inundaciones y sequía— impacta en los sistemas productivos de una comunidad que vive de los papines como cultivo fundamental. Infobae relevó en su tierra cómo ellas se adaptan en ecosistemas andinos vulnerables al calentamiento global


En la inmensidad del Valle de Colanzulí, en la Puna salteña, la identidad ancestral de la comunidad kolla sostiene el territorio y define un modo de producir. Allí, un grupo de mujeres fuertes organiza el trabajo cotidiano y busca respuestas frente a una crisis climática que ya forma parte del paisaje: la pérdida de previsibilidad del agua.

En la llamada ruta de los papines, a más de 4.000 metros de altura y entre montañas de colores suaves, la variabilidad climática —calor y frío, inundaciones y sequía, vientos— impacta sobre los sistemas productivos de una comunidad que depende, principalmente, del cultivo de papines y del ganado.

Con conocimiento del territorio y prácticas heredadas, las mujeres kollas desarrollan estrategias para sostener la resiliencia económica y ambiental ante los extremos que impone el clima del siglo XXI. Entre sus objetivos figura uno concreto: avanzar en un sello de origen para los papines andinos, una herramienta que podría mejorar la cadena de valor de su trabajo en la tierra.


Olga e Inocenta, mujeres de la comunidad kolla de Colanzulí que enfrentan la crisis hídrica y el clima extremo en la Puna salteña a más de 4.000 metros de altura. Foto por Matías Arbotto. Argentina, 2026.

Esta crónica, junto al contenido audiovisual, forma parte de una serie de cuatro episodios que narran cómo mujeres de comunidades indígenas diseñan su futuro bajo modelos de resiliencia productiva. Infobae y la periodista Daniela Blanco fueron distinguidos con una beca internacional del Pulitzer Center, el centro de referencia en apoyo al periodismo de investigación.

Estos relatos en el Gran Chaco Americano integran el proyecto que fue presentado al Pulitzer Center junto a Gabriela Oliván, líder y fundadora de Women’s International News Network (WINN), la red global que impulsa el liderazgo de mujeres periodistas y promueve un periodismo libre, innovador y sin sesgos.

La ruta de los papines

¿Cómo se adapta una comunidad cuando el agua deja de ser predecible y la variabilidad climática la vuelve disponible de a ratos?


La comunidad andina combina saberes ancestrales para sostener la producción clave de tubérculos orgánicos mientras crecen la sequía, las heladas tempranas y la presión sobre el territorio. Foto por Matías Arbotto. Argentina, 2026.

Infobae conversó horas con Inocenta y Olga, dos líderes de la comunidad kolla del valle de Colanzulí. En primera persona, relatan cómo diseñan el futuro de sus familias frente a desafíos ambientales que golpean la matriz productiva local: el cultivo de tubérculos orgánicos de calidad, motor de la ruta de los papines, y base de una oportunidad diferencial que aún está en disputa: que el valor de los papines andinos —orgánicos y premium— llegue también a quienes los producen.

En el valle en altura de Colanzulí, el cultivo incluye una diversidad de tubérculos.

La comunidad produce al menos seis variedades de oca —blanca, amarilla, rosada, morada, overa y colorada— y también la llamada papa lisa, considerada uno de los productos más raros de los Andes.


La variabilidad climática con sequía, inundaciones, heladas tempranas y lluvias irregulares afecta la producción de tubérculos varios: papines andinos y ocas. Foto por Matías Arbotto. Argentina, 2026.

Esa diversidad se sostiene con técnicas ancestrales de siembra y un trabajo que empieza temprano y demanda muchas horas en la zona de cultivos. Pero el sistema requiere condiciones climáticas específicas que, en los últimos años, se modificaron. Por eso, el esquema productivo de la comunidad quedó cada vez más condicionado por el clima extremo.

¿Cómo se enfrentan las mujeres kollas y su comunidad a la crisis hídrica y al impacto sobre sus cultivos y su ganado?

Inocenta: caminar y sembrar según el agua disponible


Inocenta es una mujer kolla líder de la comunidad y cultivadora experta de papines en Colanzulí. Foto por Matías Arbotto. Argentina, 2026.

Inocenta camina más de seis horas diarias para atender su trabajo cotidiano.

Inocenta ordena su día a partir de una obligación básica: llegar hasta donde está el ganado y asegurar el agua. “Parte de mi trabajo diario es venir a dar agua a mis vacas”. Para eso camina desde Pueblo Viejo: “Son tres horas y media caminando”. El clima impone el paso: “A veces está muy caluroso y eso te baja el ritmo, entonces caminas menos. Cuando está fresco, podés avanzar más rápido”.

Cuando describe lo que siembran, enumera con precisión: “Sembramos papa, papines, papa andina, oca, habas, arvejas y después toda clase de verduras: cebolla, acelga, zapallo, angola y poroto. Somos buenas con las legumbres”, ríe alegre.

En su relato, el cambio ambiental se mide por señales concretas: “Las heladas son más tempranas y más largas”, los calores y las lluvias se volvieron irregulares, y “hay partes donde llueve muy poco y a veces pasan meses sin lluvia. Se volvió todo raro con el clima”.


La beca Pulitzer 2026 fue otorgada a Infobae y Daniela Blanco por una serie de trabajos ya publicados que abordan cómo el impacto ambiental transforma la vida y el trabajo de mujeres resilientes que habitan en comunidades indígenas. Foto por Matías Arbotto. Argentina, 2026.

En ese escenario, la crisis hídrica se traduce en decisiones más inmediatas al ser un recurso tan esencial como respirar: “En la siembra, por falta de agua, sembramos menos. Si sembrás mucho, nuestras chacras sufren después la seca. Entonces hay que sembrar según la cantidad de agua disponible”.

La respuesta, para Inocenta, pasa por obras y nuevas prácticas para capturar el agua: “En el futuro tendríamos que enfocarnos más en el riego, implementar un riego que abastezca mejor a nuevos cultivos, por ejemplo, riego por goteo”, y repasa lo que ya hicieron: “Hemos hecho sistema de canales entre las montañas. Antes era todo acequia a cielo abierto, pero después hicimos canalización, entubamos el agua”.

El límite, advierte la mujer kolla, sigue ahí: “Creció la población de sembradores, entonces el agua es cada vez más escasa”.


Inocenta cuenta las horas que camina en la Puna salteña por el agua del ganado: “Son tres horas y media caminando”. Foto por Matías Arbotto. Argentina, 2026.

Más adelante, cuando habla de la transmisión de conocimientos y de la vida productiva, Inocenta —mamá de seis hijos— señala que hay jóvenes que sostienen la agricultura y la ganadería: “Sí, hay muchos jóvenes que viven de la agricultura. Ahora también de la ganadería. En la zona hay vacas y ovejas.

Más abajo, en Carreras, Pueblo Viejo, están las cabras. También hay conejos, chanchos, gallinas, que las familias crían. Igualmente tenemos que trabajar para que los jóvenes se enamoren de este territorio y no se quieran ir”.

Olga: obras para el agua y un objetivo para sostener a la comunidad

Olga habló con Infobae desde su lugar en el mundo, la ruta de los papines, y con el Valle de Colanzulí como marco ancestral de fondo: “Soy mujer líder en la organización comunitaria: coordinadora del Consejo kolla de Colanzulí, y ante todo soy kolla”, remarcó con énfasis a quien quiera escucharla. Olga cuenta que viven de la agricultura, “sembrando y trabajando todos los días”.


Olga, mujer kolla líder de la comunidad de Colanzulí. Foto por Matías Arbotto. Argentina, 2026.

La vida de los distintos pueblos y comunidades kolla del Valle de Colanzulí también pasa por la escuela. “Antes la escuela de Tapial tenía 150 chicos. Hoy no llegan a 30.” Y completó el contraste con la otra escuela: “Campo Carreras tenía 96 chicos cuando yo era mamá, y hoy hay solo 7 chicos”.

En la explicación de Olga —mamá de 4 hijos—, la baja de alumnos se conecta con la falta de trabajo: “Aquí en la altura del Valle, hay que poner el lomo al sol. Todos los días. A veces de noche; hay que trabajar para poder tener”. Y lo sintetiza: “Nuestros hijos ven esta situación, entonces muchos de ellos se van al pueblo. Y ahí consiguen trabajo, y se quedan”.

Cuando Olga habla del agua, la comparación es directa: “Llovía continuo. Y bajaba agua de todos lados, crecían los ríos”. Después, dice, fue mermando y cerró: “Ahora no hay agua”.

La respuesta que imagina no es una abstracción, sino infraestructura. “Ya hay caños, pero sería bueno más canalización abierta y también más tubos, porque el agua llega sin fuerza".


La comunidad andina busca posicionar a Colanzulí como una zona azul, un sitio geográfico que abarca naturalmente el concepto de bienestar y presenta longevidad entre sus habitantes (la comunidad kolla). Foto por Matías Arbotto. Argentina, 2026.

Olga vuelve a la agricultura como condición para quedarse. “Mis sueños aquí en Colanzulí son poder vender más nuestros productos orgánicos, en gran cantidad, para todos; no solamente para mí, para la comunidad, para que todos podamos vivir.” Y lo dice sin rodeos: “Para que nuestros hijos también no se vayan. Si no hay trabajo, ellos se van”.

Sobre el sello de origen “Valle de Colanzulí”, responde con certeza: “Con los papines ya venimos con el sello desde el 2019. Y venimos vendiendo más cantidad cada año. Todo esto es buen augurio de lo que vendrá”.

Olga menciona el proyecto de un deshidratador —innovación productiva y agregado de valor que impulsa la transformación de cultivos andinos tradicionales mediante tecnología solar limpia— como puerta de entrada al agregado de valor: “A mí me gustaría que ese deshidratador sea nuestro sueño”. Lo traduce en harina —“harina de oca, harina de haba”— y lo vuelve empleo: que la planta funcione y “dé mucho trabajo”.


Infobae salió al territorio del Gran Chaco Americano para las tensiones que atraviesan mujeres indígenas poderosas y líderes, quienes se enfrentan a los desafíos del cambio climático. Foto por Matías Arbotto. Argentina, 2026.

El Gran Chaco Americano: el bosque subtropical más grande de América después de la Amazonía

Todas las definiciones de Inocenta y Olga abarcan la llamada Finca Santiago, un territorio comunitario kolla de aproximadamente 125.000 hectáreas en el Alto Bermejo —entre Iruya, Colanzulí, Isla de Cañas, Río Cortaderas y Volcán Higueras—.

Lo extraordinario es que abarca un gradiente ecológico enorme: desde las Yungas hasta la Puna y los Andes centrales, cuyo gran desafío climático es el agua.

Hay abundante evidencia científica de que las regiones de montaña se están calentando más rápido que el promedio global y que los sistemas productivos de altura son especialmente vulnerables a cambios en precipitaciones y disponibilidad hídrica.

La comunidad logró la restitución territorial mediante una ley nacional en 1994 y desde entonces se gobierna a través del Consejo Kolla de Finca Santiago.

El territorio del Gran Chaco Americano: saber local y sostenibilidad


Las guardianas del agua: Olga e Inocenta, líderes en la comunidad kolla de Colanzulí, en la Puna salteña, a más de 4.000 metros de altura. Foto por Matías Arbotto. Argentina, 2026.

El Gran Chaco no es solo un espacio natural: es también el hogar de diversas etnias —wichí, qom, qomle’ec, chorote, pilagá, guaraníes, entre otras— cuyas tradiciones y conocimientos sobre el manejo del territorio permitieron la convivencia con su entorno durante siglos.

Estas comunidades, junto a las poblaciones criollas, poseen un saber local que las posiciona como protagonistas en la conservación de los recursos naturales y en el desarrollo de iniciativas productivas basadas en la sostenibilidad.

La cultura del Gran Chaco está ligada al monte: de allí se obtienen alimentos, fibras, madera, medicinas y otros recursos esenciales para la subsistencia. En el caso de Colanzulí —Finca Santiago, territorio kolla—, esa relación con el entorno se expresa en la altura. Esta conexión es clave para impulsar iniciativas de desarrollo sostenible que respeten tanto el ambiente como las culturas locales.

La identidad productiva y el papín andino

Consultado por Infobae, Fernando Semenza, técnico ambiental de la Asociación Cultural para el Desarrollo Integral (ACDI), dijo que en Colanzulí hay una pregunta que retumba entre las montañas de la Puna: “¿dónde está el agua?”.


Mientras el cambio climático altera bosques, agua y biodiversidad en el norte argentino, mujeres indígenas y rurales están liderando respuestas económicas que combinan conservación, producción y saberes ancestrales. Foto por Matías Arbotto. Argentina, 2026.

“Ayllu es un sinónimo de pueblo y este ayllu forma parte de la Finca Santiago, que es un territorio de 125 mil hectáreas de tierra indígena. Se encuentra en la Puna salteña. Este ayllu, Colanzulí, se encuentra en la Puna salteña a más de 4 mil metros de altura.”

En esa altura, explicó, el vínculo con el territorio es una práctica cotidiana. “Las familias de Colanzulí mantienen una fuerte conexión con la tierra y con los recursos naturales”. Y esa relación sostiene una identidad productiva: “Ellos son los principales, productores y productoras del papín andino”. En sus palabras, “el papín andino es una papa nativa adaptada a las condiciones de la altura, que forma parte también de la identidad del pueblo, de la identidad productiva y alimentaria”.

En su diagnóstico, “en los últimos años esta comunidad viene registrando cambios bastante marcados en el clima”, con menos lluvias, precipitaciones irregulares y fríos aún más extremos en épocas que no estaban registradas antes.


Disminución de cuerpos de agua: una infografía de Mapbiomas muestra los cambios en la cobertura y uso del suelo de Argentina por ecorregión (Mapbiomas - Imagen Ilustrativa Infobae).

También sostuvo Semenza de ACDI que el problema alcanzó a la fauna nativa y abrió conflictos con los lugareños: “Perdices que dañan los cultivos, zorros sin cumplir el rol biológico que tienen que cumplir, aves carroñeras que empiezan a cumplir rol de rapaces, de depredadoras, y que inciden directamente a la producción agrícola y ganadera de las familias. Además hay bandadas de palomas, esto es muy reciente”.

Frente a ese escenario, “las familias comenzaron un proceso de diversificación productiva buscando la adaptación”, afirmó Semenza. Allí radica la resiliencia climática, en la incorporación de “nuevas alternativas” para fortalecer la producción. “El desafío es poder sostener estas estrategias en el tiempo. Con una producción que sea equilibrada con el ambiente y que pueda adaptarse a este escenario climático, que probablemente siga cambiando.”

El biólogo argentino Alejandro Brown, fundador y líder de la Fundación ProYungas, precisó en su último libro “Argentina sustentable. El Norte grande” que la superficie protegida del llamado Norte Grande se encuentra por debajo del estándar internacional.

En Argentina, se trata de una región de desarrollo económico y social conformada por 10 provincias, divididas en el NOA (Noroeste Argentino) y el NEA (Noreste Argentino). NOA: Catamarca, Jujuy, La Rioja, Salta, Santiago del Estero y Tucumán. NEA: Chaco, Corrientes, Formosa y Misiones.


Inocenta, líder de la comunidad kolla de Colanzulí, alerta por la crisis hídrica: “En la siembra, por falta de agua, sembramos menos. Si sembrás mucho, nuestras chacras sufren la seca.” Foto por Matías Arbotto. Argentina, 2026.

Brown sostuvo que la biodiversidad del Norte Grande requiere grandes superficies para sostenerse en el tiempo. Ese requerimiento responde tanto a las necesidades alimenticias de las especies como a la existencia de gradientes ambientales amplios (variabilidad climática) que permitan mantener poblaciones silvestres viables.

A pesar de esos atributos, señaló, la región mantiene una deuda en materia de conservación. Los estándares internacionales adoptados por Argentina a través de la Ley Nacional 24.375 sugieren un mínimo del 17% de cada ecorregión del país bajo esquemas de protección formales.

En promedio, indicó, el Norte Grande apenas llega al 10%. Si se suman figuras internacionales como las Reservas de Biósfera y los Sitios Ramsar, la cobertura asciende al 15%, pero aún queda una superficie considerable por incorporar a una protección oficial efectiva.

El dato central que remarcó Brown es que la región con mayor biodiversidad de la Argentina no alcanza el piso internacional de conservación. Al mismo tiempo, documentó en su libro, todavía conserva grandes superficies silvestres en distintos ecosistemas, con capacidad para sostener bienes y servicios de la naturaleza incluso ante la expansión de la frontera agropecuaria prevista para las próximas décadas.


El libro "Argentina Sustentable: El Norte Grande" de la Fundación ProYungas.

Brown afirmó que la conservación futura depende en gran parte de tierras privadas e indígenas. Una parte sustancial de esa superficie relictual está en manos privadas y, sobre todo, del sector productivo. Esa condición, indicó, vuelve imprescindible una articulación entre preservación ambiental y uso económico del territorio.

En ese marco, la clave para el equilibrio entre comunidades indígenas y tierras privadas —industrias como la azucarera, minería, ganadería, agroforestal, entre otras— mencionó el Proyecto PPP Paisaje productivo protegido, que nació hace más de 15 años en la búsqueda de caminos diferentes para asegurar la conservación de los bienes y servicios de la naturaleza sin afectar otros requerimientos de la sociedad, como productos agropecuarios, forestales, mineros, energéticos. Aún más, “buscamos potenciar las actividades productivas como una herramienta de promoción y puesta en valor de lo que nos brinda la naturaleza”.

MapBiomas es una red de organizaciones que mapea y monitorea gran parte de los bosques del mundo, como base para planificar y medir impactos sobre el territorio.


La infografía de MapBiomas Argentina detalla la pérdida de 3.211 miles de hectáreas de vegetación natural en Santiago del Estero y otras provincias entre 1985 y 2024 (Mapbiomas - Imagen Ilustrativa Infobae)

Una beca que reconoce el periodismo de investigación

Cada uno de los nuevos reportajes —que se estrenan hoy 13 de julio y se publicarán de manera consecutiva los próximos lunes 20, 27 de julio y 3 de agosto— nos permitirá profundizar en historias de mujeres poderosas de comunidades indígenas y un clima que cambia, mediante un trabajo en el territorio del Gran Chaco Americano, una región estratégica para la biodiversidad de Sudamérica y particularmente expuesta a los efectos del cambio climático.

La serie de 4 episodios buscará documentar experiencias concretas de mujeres que lideran procesos de innovación, conservación y desarrollo sostenible, mostrando cómo sus iniciativas generan oportunidades económicas y contribuyen a la protección de ecosistemas clave.

Las siguientes organizaciones de la sociedad civil fueron determinantes para la investigación de Infobae en el territorio:


Con conocimiento del territorio y prácticas heredadas, las mujeres kollas desarrollan estrategias para sostener la resiliencia económica y ambiental ante los extremos que impone el clima del siglo XXI. Foto por Matías Arbotto. Argentina, 2026.

*Redes Chaco es una plataforma que reúne a más de 350 organizaciones de Argentina, Bolivia, Paraguay y Brasil, comprometidas con el desarrollo sostenible del Gran Chaco Americano. Su conducción está a cargo de Liliana Paniagua, Mariana Franco y Marcela Zamora, quienes impulsan una agenda regional que promueve la conservación, la innovación y la inclusión social a través del trabajo colaborativo.

*Impacto Verde es un proyecto financiado por la Unión Europea y liderado por Redes Chaco, que articula a seis organizaciones: Fundación Pronorte, Pata Pila, ACDI Argentina, Fundación Proyungas, Fundación Gran Chaco y Avina. Su objetivo es fortalecer economías locales, conservar ecosistemas y generar oportunidades en el Gran Chaco Americano, impulsando la innovación, la producción sostenible y la inclusión social.

*Fundación Pronorte, con más de 15 años de trabajo, promueve alianzas y acciones para el desarrollo sostenible en el Gran Chaco. Coordinó la producción territorial de la serie realizada por Infobae y WINN, destacándose el proyecto Tichat junto a mujeres wichí en la Ruta Nacional 86, orientado al rescate de saberes tradicionales y el desarrollo productivo comunitario.

*Pata Pila desarrolla acciones en el Gran Chaco para mejorar la vida de comunidades vulnerables, con un enfoque integral en nutrición infantil, salud, educación y oportunidades productivas. En Yariguarenda, Salta, impulsa proyectos de turismo comunitario y desarrollo productivo que refuerzan la identidad guaraní y promueven la conservación del monte nativo.

*ACDI ejecuta proyectos para el desarrollo de comunidades rurales del norte argentino, abordando la adaptación al cambio climático e impulsando modelos de negocios sostenibles e inclusivos. Sus acciones incluyen la restauración de bosque nativo, el apoyo a pueblos indígenas y el desarrollo de soluciones tecnológicas para cadenas de valor, contribuyendo a la conservación y mejora socioeconómica.

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