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El Infierno Lejos de Casa: Ellas Hablan ...

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Official figures show that one out of three women in the EU has suffered physical or sexual violence...

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Las historias de mujeres migrantes mexicanas que sufrieron violencia doméstica en Europa.

Advertencia: El siguiente informe puede resultar perturbador para algunos lectores.

Berenice


Foto por Berenice. México, 2022.

Gráfico por Underground Periodismo Internacional. México, 2022.

ANTWERP | BELGIUM

La mexicana Berenice Osorio de Viana fue asesinada por su pareja el 9 de enero de 2018 en el poblado de Kasterlee, en Bélgica. Tenía 32 años.

La madrugada de ese día, ella y el padre de sus dos hijas, Tom Pattyn, se habían enredado en otra de sus acostumbradas disputas. En medio de los gritos, él caminó de pronto a la cocina, tomó un cuchillo de 20 centímetros de largo y se lo enterró en el pecho a su mujer. Las niñas, de entonces 2 y 6 años de edad, dormían en un cuarto cerrado y no vieron cómo agonizó su madre en el jardín familiar.

Aún con un halo de vida, Berenice pidió ser llevada a un hospital. Pero en lugar de llamar a una ambulancia de inmediato, Tom limpió primero el arma y vistió a su víctima antes de subirla a su auto y conducir hasta un hospital, en donde ya no pudieron hacer nada por ella.

Pattyn fue detenido ahí mismo por la policía. Más de tres años después, el 26 de marzo de 2021, la corte penal de Amberes lo sentenció a 18 años de cárcel por el asesinato con premeditación de su novia. Gracias a que los padres de Berenice intervinieron legalmente, ella reposa en la tierra donde nació y no en un cementerio de Bélgica, como pedía el asesino bajo el amparo de la ley en vista de que la mexicana tenía la nacionalidad belga como sus hijas.

María de Viana se despidió de su hija en una ceremonia íntima y decidió permanecer en Bélgica para solicitar la custodia de sus dos nietas, a quienes la justicia belga entregó a los hermanos del feminicida porque consideró que era lo mejor para ellas.

La madre de Berenice tiene hoy 59 años y vive en un departamento a unos 15 minutos de la estación central de trenes de Amberes, que después de Bruselas es la ciudad más grande de Bélgica con un millón 200 mil habitantes.

El recuerdo de Berenice está presente dentro de la vivienda, aunque de manera discreta. En el muro al que está pegada la mesa del comedor descansa un tablero con muchas fotografías de ella, y justo enfrente de la cama donde duermen las niñas hay otra selección de imágenes suyas en las que aparece sonriendo y jugando con sus hijas cuando eran bebés.

“Siempre me decía que era feliz, que ella y Tom se amaban”, recuerda su madre, quien por primera vez acepta compartir su testimonio para un trabajo periodístico.

María relata que su hija era artista y que conoció a Tom en 2010 en Puerto Vallarta, en donde vivieron juntos más o menos un año hasta que ella quedó embarazada.

La pareja viajó a Bélgica a mediados de 2011, faltando unos tres meses para que Berenice diera a luz. El hombre, dice María, había prometido que regresarían a México cuando naciera la niña y por eso su hija aceptó irse. Pero no ocurrió así.

“Lo que él quería -dice- era que sus hijas fueran de nacionalidad belga y luego no dejarlas salir del país. En Bélgica fácilmente pueden quitarle un hijo a una extranjera. Ellas se tienen que aguantar porque se sienten atrapadas aquí por los hijos. Berenice no quería vivir en Bélgica”.

La violencia psicológica y física contra la mexicana duró años, pero ella nunca le dijo nada a su madre, ni por mensaje ni en sus conversaciones por videoconferencia. María tampoco se enteró de la brutal golpiza que el novio le propinó en 2013. En esa ocasión los vecinos tuvieron que llamar a la policía. Cuando los agentes llegaron al domicilio encontraron a Berenice encerrada en el baño abrazando a su hija y ensangrentada del rostro. Tom fue sentenciado a 10 meses de prisión y una multa de 600 euros por agresiones agravadas en contra de la mexicana, pero la pena fue aplazada y la violencia no paró.

Ella jamás lo denunció a la policía por miedo a que él le hiciera daño. Eso le dijo a un conocido que testificó durante el juicio: le confesó que ella sentía temor de denunciar a su pareja o buscar alguna ayuda, y ni pensar en regresar a México—sin sus hijas—porque no tenía dinero para comprar el boleto.

Berenice no hablaba el neerlandés, el idioma de la región belga donde vivía. Ello dificultó que pudiera hacer amistades o una mínima vida social y favoreció, en cambio, su completo aislamiento. Además de la decisión de mudarse a Kasterlee, un pueblo de menos de 20 mil personas, a 40 minutos de Amberes.

“En lugar de acercarla a la ciudad, la alejó a los pueblos más retirados. Ahí nadie conocía a mi hija, nadie le hablaba”, explica su madre. María de Viana revela entonces que alguna vez Berenice le hizo jurar que en caso de que llegara a morir en Bélgica ella se encargaría de cuidar a sus hijas. Hoy su interpretación de ese encargo es evidente: “Ella ya tenía muchos miedos en su cabeza”.

La noticia

Berenice dejó de comunicarse con sus padres a finales de 2017. No supieron nada de ella en Navidad ni en Año Nuevo y se preocuparon.

El 12 de enero de 2018, María recibió una llamada desde un número desconocido, pero nadie respondía. Era alguien de la embajada mexicana en Bruselas que no pudo establecer contacto con ella, pero sí con su esposo, que vivía en otro domicilio.

“Le dieron la noticia a él”, recuerda. “Me llamó como a las tres de la mañana y me dijo: ‘tengo que decirte algo: Tom mató a tu hija’. Respondí con estas palabras: ‘me dejo caer en las manos de mi padre amado, porque no puedo sostenerme’. Y me quedé callada”.

La embajada mexicana en Bélgica facilitó el viaje de los padres de Berenice y los acompañó a realizar todos los trámites correspondientes, además de que la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE) autorizó un presupuesto de 10 mil dólares para costear la repatriación del cuerpo y la gestión legal que evitó que la mexicana fuera incinerada, entre otras acciones de apoyo.

Pero la protección consular sólo se desplegó después de que la noticia del asesinato se publicó en muchos medios de comunicación y luego de que la comunidad mexicana en Europa—principalmnente mujeres—se movilizara en redes sociales para denunciar la falta de apoyo a la familia de Berenice.

El 20 de enero de aquel 2018, es decir, once días después del crimen, los padres de Berenice subieron a la plataforma Change.org una petición dirigida a la SRE para que los ayudara con los gastos funerarios, administrativos y de transportación a Bélgica, y acusaron que no habían recibido de la institución “ningún apoyo, comunicación o asesoría”. Revelaron también que el servicio consular les había avisado del asesinato de su hija tres días más tarde.

Cuando finalmente se arregló el traslado de su hija a México, su padre decidió regresar con ella, no así María. Recuerda aquel momento en que cada uno tomó su camino: “Me dijo que ya no teníamos nada qué hacer en Bélgica y contábamos ya con las reservaciones del vuelo de regreso. Pero no me importó y le contesté que yo me quedaba para proteger y cuidar a las niñas. Él me dijo que no podía aguantar tanto dolor por lo que le pasó a nuestra hija y que se iba con ella. Me prometió que desde México me ayudaría para salir adelante”.

Ella no estuvo presente en las exequias de Berenice en México. Por otra parte, su esposo no tardó en caer en una fuerte depresión y falleció de un infarto, todo ello provocado, asegura María, por la trágica muerte de su “tesoro”, como él llamaba con cariño a su hija.

Las niñas

Las hijas no presenciaron el asesinato de su madre, pero sí fueron testigos de las violentas y recurrentes peleas entre sus padres, contó la mayor de ellas—actualmente de 10 años—en el marco de las investigaciones.

Ambas se sienten hoy orgullosas de ser mexicanas y hablar español, ello a pesar de que conocieron a sus abuelos mexicanos tras el asesinato de su madre, que jamás pudo regresar a México porque su condición económica no se lo permitió. María hace memoria y sólo recuerda que Berenice tuvo un trabajo en un restaurante y por poco tiempo.

Conseguir la guarda de sus nietas le demandó a María un gran esfuerzo, al que un grupo de mexicanos y latinos solidarios se unió. La apoyaron con alojamiento y a las gestiones que tenía que realizar con la policía y los abogados.

A la abuela primero se le permitió convivir algunas horas con sus nietas, quienes vivieron un tiempo con el tío menor y luego, cuando él declinó la responsabilidad fueron entregadas al tío mayor. María declaró durante el juicio que éste las golpeaba y no les ponía atención porque siempre estaban sucias y llenas de piojos (Het Laatste Nieuws, 24 de marzo de 2021).

Durante sus encuentros, ella tomaba fotos de los moretones con los que llegaban sus nietas a verla y de su mala higiene y se las mostraba a las trabajadoras sociales, pero éstas insistían en que las niñas estaban bien con el tío. Finalmente fueron llevadas a otros hogares: la más pequeña de nuevo con el tío menor y la mayor con una familia belgo-guatemalteca que había hospedado a la abuela cuando llegó a Bélgica.

Mientras tanto, “Doña María”—como algunos la llaman de cariño—hizo todo lo que tenía que hacer para que las autoridades belgas le entregaran a sus nietas. Se metió a un “curso de integración al país”, se inscribió a una escuela de neerlandés, tomó una formación en el sector de la limpieza para poder emplearse y pudo así rentar el departamento en el que vive.

En esas circunstancias acordes con la ley, la niña grande se fue a vivir con su abuela mexicana a principios de 2020, justo para pasar juntas la pandemia. La pequeña—hoy de 6 años—se mudó también con ella el pasado 25 de diciembre. Las dos asisten a la misma escuela primaria, que les queda muy cerca de su casa. María las lleva y las recoge. Son una familia.

El juicio

“Tom Pattyn ha provocado un sufrimiento irreparable a las hijas y a la familia de la víctima [...] Depende de usted, señor Pattyn, trabajar en su personalidad [...] De usted dependerá que deje la prisión como una persona diferente”. Con esas palabras -dirigidas al acusado- el presidente de la corte penal de Amberes, Dirk Thys, cerró el juicio en su contra.

El mensaje de Thys, proyectando ya la reintegración social del asesino, estaba en línea con la sentencia, de 18 años de prisión, calificada por algunos medios locales de “indulgente”. Según el diario Het Laatste Nieuws del 26 de marzo de 2021, el hombre podrá a partir de principios de 2024, cuando tenga 37 años, solicitar que sea examinada una libertad condicional.

En Bélgica ese tipo de crimen puede ser castigado con cadena perpetua o al menos con 30 años de cárcel, y ese era el rango de condena que María esperaba que le aplicaran al asesino de su hija, a pesar de que su abogado y el fiscal general del Estado solicitaron al tribunal una pena de 25 años. La sentencia la dejó profundamente decepcionada.

Y es que, además, durante los seis días que duró el juicio fue posible conocer detalles sórdidos de la conducta del victimario tras apuñalar a su novia: primero limpió el cuchillo y vistió a Berenice, luego decidió no llevarla al hospital más cercano y, en el trayecto, se detuvo para comprar cigarros, según él “para no desmayarse”. En total tardó 40 valiosos minutos en llegar a las urgencias médicas, cuando ya era demasiado tarde para Berenice.

Algo que también indignó a María de Viana fue la estrategia del abogado defensor, que pintó a su hija como una mujer apasionada y caprichosa, mientras que a su agresor lo dibujó como “una pobre víctima” de una terrible infancia dentro de una familia disfuncional. Y bajo ese argumento, solicitó al tribunal que reconociera el acto criminal que causó el deceso de Berenice como un “accidente provocado” por ella, en el sentido que lo menciona el artículo 411 del código penal belga.

El asesino jamás pronunció una palabra de arrepentimiento y repetía que su acto fue “un accidente”. “Yo no hice nada”, le dijo de frente en una ocasión en la que él mismo pidió hablar con ella. María aceptó verlo porque esperaba que el hombre al menos le ofreciera una disculpa por lo que hizo.

El jurado concluyó que Pattyn sí tuvo toda la intención de matar a Berenice y que, encima, lo hizo con premeditación al haber ido a la cocina a buscar el cuchillo con el que le quitó la vida. Pero admitió que la difícil infancia del acusado sí calificaba como una atenuante de responsabilidad criminal.

María de Viana no digiere el trago amargo que le dejó el juicio: “(El abogado defensor) fabricó una gran comedia para rescatar a su cliente. Decía: ‘pobrecito, él ha sufrido, compréndanlo, es muy joven’ [...] El jurado le dió solamente 18 años de cárcel [...] Esperaba más de quienes llevaron el juicio. Si esto le hubiera pasado a sus hijos, seguro que ellos hubieran hecho hasta lo imposible para hacer justicia”.

-Como su hija, usted misma se ha convertido en una mujer migrante
Sí, migrante luchadora y con fuerza, que dejó a un lado el drama. Porque cuando entramos en el dolor y el drama, no avanzamos. Si yo hubiera entrado en eso, no hubiera logrado estar con las pequeñas. Ellas necesitan de mi fortaleza para salir adelante.

-¿Piensa quizás en el futuro regresar a México con sus nietas?
No en este momento, y yo creo que tampoco más adelante. Primero las necesito encaminar bien. Y si para eso tengo que quedarme aquí, me quedo. No voy a dejarlas a la deriva, en manos de buitres. No me interesó perder nada en México con tal de protegerlas. Y voy a seguir haciéndolo hasta que tenga una pata estirada dentro del agujero. Voy a luchar siempre para que las niñas estén felices y contentas.


Jessica Astorga


Foto por Jessica Astorga. Francia, 2022.

Gráfico por Underground Periodismo Internacional. México, 2022.

BRUSELAS | BÉLGICA

La mexicana Jessica Astorga quería empezar una nueva vida en Francia. Deseaba terminar allá su carrera de arquitectura, trabajar y ser una mujer independiente con el apoyo de su esposo francés.

Pero el camino tomó otro rumbo y la joven cayó en un profundo foso emocional que su pareja contribuyó a cavar con un comportamiento destructivo hacia ella. La historia terminó en tragedia: la noche del 11 de agosto de 2018, durante una fuerte discusión sobre el futuro de su relación y bajo el efecto de la heroína, Pierre-Olivier Labastida Garnier la asfixió y luego arrojó su cuerpo desde el tercer piso del edificio en el que vivían en la ciudad de Lyon para simular un suicidio.

La pareja llevaba un año casada y él quería el divorico. Jessica se negaba porque tenía la esperanza de que con la voluntad de ambos podrían recomponer su matrimonio. Pero Pierre no estaba dispuesto a hacer ningún esfuerzo y, por el contrario, insistía con comentarios hirientes: repetía que no funcionaban como pareja, que ya no quería estar con ella, que era “una carga” para él y que lo mejor era que regresara a México y “fuera libre”.

“Eran comentarios que hundían la autoestima” de Jessica, relata desde México su hermana mayor, Aline Astorga, con quien estaba muy unida, sobre todo luego del divorcio de los padres.

El juicio de Pierre -que siguió la prensa local francesa- permitió reconstruir los hechos del día del crimen. Esa tarde, él invitó a Jessica a cenar y luego la convenció de ir a Valence, un poblado que se ubica a una hora de Lyon, para visitar a su abuela que supuestamente estaba muy enferma. Pero al llegar ahí, lo que Jessica encontró fue una reunión en la que la mamá y otros familiares de su marido la presionaron para que aceptara de una vez por todas la separación conyugal.

En el camino de regreso a Lyon se detuvieron para aspirar ambos heroína, según la versión que él ofreció al tribunal y que los exámenes toxicológicos de la policía confirmaron. Pierre consumía además Xanax, un medicamento muy adictivo contra el estrés y la angustia.

El pleito entre la pareja inició luego de retomar el camino cuando ella encontró en el celular de él mensajes de su madre con consejos legales para lograr la separación. Según la versión de Pierre, al llegar a su departamento él trató de calmar a su esposa y, mientras le pedía una vez más que aceptara el divorcio, le aplicó una llave a la altura del cuello que le impidió respirar hasta perder el conocimiento y fallecer.

Entonces Pierre dejó tirado el cuerpo de Jessica en el piso, se metió otra raya de heroína, apagó las luces, puso música de rap mexicano y esperó dos horas para decidir cargar a su víctima y lanzarla por una ventana a fin de maquillar su irreparable acto. Después, casi a las cinco de la mañana, conversó durante 10 minutos por teléfono con su madre.

Las noticias locales reportaron la versión de él: que la joven mexicana de 26 años atravesaba una crisis depresiva y había saltando al vacío. Pero los estudios forenses no coincidían con esa versión y no hizo falta hurgar más porque a los dos días Pierre se presentó en la comisaría de Valence para confesar que había mentido y contar la verdad.

Tabla de salvación

Jessica conoció a Pierre en la Ciudad de México en 2016 durante una etapa complicada para ella.

Su familia entró en ese entonces en una fuerte crisis económica que hizo imposible seguir pagando las colegiaturas de las universidades privadas en las que estudiaban las dos hijas. Aline, que cursaba medicina en La Salle, obtuvo el apoyo de la escuela y pudo continuar con la carrera. Pero Jessica no, y tuvo que truncar sus estudios de arquitectura en la Universidad del Valle de México cuando estaba a punto de terminarlos.

Aline recuerda que su hermana se enojó mucho con la escuela y se sintió frustrada y abandonada por todos, incluyendo sus papás, así que decidió tomarse un año sabático y salir a divertirse con sus amigas. En una fiesta conoció a Pierre y, dice Aline, “entró en una relación de esas que crees que (una persona) llegó para salvarte”.

Después de tres meses de estancia en México, él empacó sus cosas y regresó a Francia. Decía que estaba harto de las malas condiciones laborales y los bajos salarios del país y ella lo siguió ciegamente: vendió el auto que le había comprado su mamá y, sin el apoyo de su padre que siempre desconfió del muchacho, tomó un vuelo a Europa.

Aline relata que su hermana se fue con la idea de ya no regresar a México y aprovechar la oportunidad que le brindaba su relación con Pierre de empezar desde cero. Y sí, en sus primeros meses en Francia Jessica derrochaba felicidad cuando se comunicaba con Aline y su mamá, y compartía en sus redes sociales fotografías de los viajes que hizo con él a Barcelona y a Disney París, donde se les veía contentos.

Pero Jessica había llegado a vivir a casa de su suegra, Mireille, en Valence, con una visa de turista de tres meses y, como dice su hermana, “sin un peso en la bolsa”. Dependía económicamente de Pierre y de su suegra, por lo que comenzaron a surgir tensiones entre ellas. Sin documentos de residencia ni dominio del francés, la mexicana sólo podía ganarse unos cuantos euros cuidando niños o dando clases de español. Empezó también a quejarse de que la sociedad francesa era muy cerrada y chocaba con una personalidad como la suya, creativa y libre.

Fue justamente para evitar que se convirtiera en una inmigrante ilegal que los novios, por presiones de la suegra, se casaron apresuradamente en febrero de 2017 y no en septiembre como estaba previsto. Nadie de México pudo asistir. Aline sólo pudo enviarle dinero a su hermana para que se comprara el vestido blanco con el que se casó.

A partir de ese momento la comunicación de Jessica con su familia se volvió intermitente. “Cada vez sabía menos de ella. Le escribía y me contestaba día y medio después [...] A Jessica le dio pena contarme que las cosas ya no estaban bien con Pierre. Cuando escuchamos la versión de él en el tribunal, uno se da cuenta que todo marchaba mal desde que se casaron”, explica Aline.

El acusado declaró durante su juicio que para él había sido muy difícil asumir una relación tan “fusional” como la que desarrolló Jessica, al grado de que ella “suave y silenciosamente se volvió una persona disfuncional, ya que tenía una fuerte dependencia emocional, financiera y lingüística” hacia él que le impedía incluso hacerse de amigos. Sus “chantajes afectivos”, sus “tendencias suicidas” y sus “crisis”, señaló Pierre, lo habían orillado a pedirle el divorcio, pero ella “no entraba en razón” (Libération, 2 de junio de 2021).

Pocos días antes de su asesinato, Aline habló con Jessica. La escuchó “emocionalmente destrozada”, le dijo que no quería aceptar un fracaso más, haciendo referencia al de los estudios, e insistía en que Pierre tenía que entender que el matrimonio no era fácil y juntos debían seguir luchando para sacarlo a flote.

Durante dos horas, Aline intentó hacerle ver que Pierre no era su única opción y tenía otras para rehacer su vida en México o en Europa. Jessica, por su parte, dijo que se quedaría para buscar un trabajo y poder rentar su propio departamento.

“Jessica -le dijo Aline-, deja que él tome sus decisiones y tú toma las tuyas. Eres muy joven y te queda una vida por delante”.

Como le sugirió su hermana, Jessica dejó el departamento para evitar algún estallido de violencia física y para alejarse de las presiones psicológicas de su esposo. Pero él siguió hostigándola por teléfono con el asunto del divorcio. Aline le advirtió a su hermana que no le dijera dónde estaba. Pero ella se lo dijo el día en que Pierre le pidió acompañarlo a Valence para esa misma noche asesinarla.

Sin ningún apoyo

El día del crimen, Aline recibió una llamada de Pierre por Whatsapp, quien llorando le avisó que Jessica se había aventado por la ventana y estaba muerta. Sacudida por la noticia, se comunicó con personal de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), del consulado mexicano en Francia y de la embajada francesa en México para pedir apoyo.

“Pero todo mundo nos contestó que, como las cosas ya habían sucedido, no se trataba de una emergencia y entonces no nos podían ayudar”, comenta Aline. Con sus propios recursos, ella y Soledad, su madre, volaron a Lyon. Como pudieron—ninguna habla francés—encontraron alojamiento y aprendieron a moverse en una ciudad desconocida para ellas.

Antes de salir de México, la madre de Pierre había quedado de pasar por ellas al aeropuerto, pero nunca llegó a la cita porque su hijo ya había confesado el asesinato. Pero eso no lo sabían Aline y su madre, y no lo sabrían hasta días después.

Por su novio de entonces, Aline sabía que en el centro de Lyon había un consulado honorario de México. Recuerda la joven: “Llegamos literalmente caminando a tocar el timbre (y hablamos primero) con una secretaria francesa que apenas me entendía”. Las recibió el cónsul honorario Thierry Bonnet, quien, a título personal, les brindó todo el apoyo que pudo y les arregló un encuentro con la policía. Fue en la comisaría donde escuchó a un agente comentarle a otro -en francés- que su hermana no se había quitado la vida. Pero jamás se los comunicaron oficialmente.

Pasaron por lo menos cinco días antes de que el cónsul mexicano en París, Edgar Cubero -hoy embajador en Grecia- respondiera a los llamados de auxilio de Aline. Y sólo fue posible después de la publicación de una serie de tuits en los que Aline denunció el desinterés por atenderlas del entonces embajador y actual representante de México ante la ONU, Juan Manuel Gómez Robledo, al que etiquetó en todos esos mensajes.

Aline asegura que tuvo que insistir para que el consulado contratara un abogado, quien, por fin, les informó del asesinato de Jessica. “Hubo una falta de apoyo (de las autoridades mexicanas) desde el inicio hasta el final”, deplora.

Aún se pregunta cómo fue posible que durante siete días el cuerpo de su hermana permaneciera en la cámara funeraria porque el personal de la embajada estaba de vacaciones y nadie atendió el asunto de su preparación para el traslado a México. Eso sí, la embajada mexicana en Francia le hizo firmar un documento en el que ella se comprometía a pagar unos 40 mil pesos del servicio funerario. Explica que lo firmó porque de lo contrario el embajador le advirtió que sería imposible la repatriación de su hermana.

Durante más de un año el servicio legal de la SRE le estuvo llamando constantemente por teléfono para cobrar ese adeudo pendiente, que terminó condonando porque Aline y Soledad no contaban con medios para solventarlo. Y es que, no sólo habían tenido que pagar el primer viaje a Francia también tuvieron que financiarse un segundo para asistir al juicio de Pierre a mediados de 2021.

Consultado para esta investigación, el consulado de México en París aseguró en un correo electrónico que en el caso de Jessica Astorga su familia recibió “todo el apoyo previsto por la legislación mexicana correspondiente, en estrecha coordinación con la entonces Dirección General de Protección a Mexicanos de la SRE”.

Fallo injusto

El 2 de junio de 2021, el marido de Jessica fue condenado a 17 años de reclusión criminal por “asesinato conyugal” (uno menos que el solicitado por la fiscalía). Durante el juicio—que duró tres días—, el joven de 32 años aseguró “no entender” lo que ocurrió pero que, en todo caso, él nunca quiso matar a su esposa.

El diario Libération reseñó que el abogado de la familia Astorga, Raphaël Malleval, consideró en sus alegatos que, ciertamente, Jessica “estaba desenfrenadamente enamorada de alguien que ya no la amaba”, pero preguntó: “¿Ella era inestable porque se sentía infeliz en Francia? ¿Eso lo autorizó a matarla?”. En su turno, el abogado defensor Philippe Tatiguian respondió: “Usted busca absolutamente diabolizar a este hombre, ya que todo el expediente muestra que Pierre-Olivier Labastida quería proteger a Jessica, quien sufría de un síndrome de abandono”.

Aline no acepta aún el fallo: “Para mí no hubo justicia para Jessica. Y lo advertí durante el juicio, antes de conocer la sentencia: ‘si a este hombre lo dejan salir en 15 años, seguirá siendo joven para tener una segunda oportunidad de vida. Mi hermana ya no’”.


Minerva


Foto por Minvera. Bélgica, 2022.

Gráfico por Underground Periodismo Internacional. México, 2022.

A Minerva* le tomó tiempo dejar de referirse a la persona con la que pensaba casarse con insultos o calificativos peyorativos. Aún se encuentra bajo terapia psicológica, a pesar de que ya no ve al hombre que tanto la despreció y del que huyó un día de septiembre de 2020, cuando abandonó el domicilio que compartía con él en Bélgica para nunca más regresar.

Parte de su cura emocional es anotar en un cuaderno las cosas positivas que le ocurren día con día. “Es mi tarea”, comenta con humor desde el departamento en el que vive en la Ciudad de México. La yoga y la meditación también son prácticas que le permiten sentirse “conforme” con quien es: una mujer de 47 años, independiente, cantante de ópera y víctima de violencia conyugal que lucha por recuperarse.

Ya estando en México le diagnosticaron cáncer en ambos senos. El tratamiento que recibe la tiene fatigada, pero ella comenta que le está funcionando porque su cabello volvió a crecer y eso la pone muy contenta.

Recuerda que descubrió que algo andaba mal con su salud un día cuando, estando aún en Bélgica, pasó la mano por su cabeza y un tupido mechón de cabellos negros se desprendió. Quedó muda.

Conforme avanza en el relato de ese episodio, Minerva se va resquebrajando hasta terminar en un llanto frágilmente contenido. Ella se había metido a bañar tras haberse reconciliado con su prometido después de una fuerte discusión la noche anterior. Aterrada, gritó en la ducha que necesitaba ayuda. La respuesta del hombre fue molestarse porque tenía que llevarla de urgencia al médico y ya no podrían tener relaciones sexuales como él quería.

Ella, en cambio, esperaba que la reconfortara, pero lo que hizo fue quejarse de que la seguridad social no le reembolsaría los 24 euros que costó la consulta y de lo mucho que debió pagar por el tónico capilar que tuvo que comprarle.

Minerva se volvió a tragar la humillación, que no era la primera pero sí sería la última. Para ese momento, ella ya había decidido escapar de esos tratos indignos. Sólo quedaban dos días para llevar a cabo el plan. Lo mejor fue fingir durante 48 horas que todo estaba bien.

Su historia de amor comenzó, literalmente, entre nubes. Lo conoció en 2018 durante un vuelo trasatlántico de más de 10 horas desde Alemania hasta México. Wim**, un cincuentón procedente de un pequeño pueblo al norte de Bélgica, divorciado y con un buen trabajo en una empresa, viajaba a Puebla a visitar a varios músicos mexicanos que había conocido en un festival en Francia.

“Él se puso muy sentimental. No sabía si quedarse o no en México en un futuro cercano. Se le querían salir las lágrimas y le di una palmadita en el brazo para reconfortarlo. Nos bajamos del avión y me plantó un beso. Me agradó y le di mi teléfono”, cuenta ella sobre aquel primer encuentro. A partir de entonces iniciaron una relación a distancia: él la visitaba en la Ciudad de México y ella en Europa.

Las primeras señales de alerta aparecieron durante unas vacaciones en Europa que realizó Minerva junto con sus padres y a las que él se unió. Se irritaba con facilidad, todos tenían que soportar sus desplantes y comenzó a manifestar crisis de celos. “Para mí eran pataletas de niño chiquito y pensaba: ‘lo que tiene este hombre es que tiene cinco años divorciado y necesita atención’ o ‘seguramente está muy estresado porque están mis papás y no podemos tener sexo’. Siempre traté de justificar su actitud”, comenta.

Y es que el sexo y el dinero eran tan obsesivos para Wim que no le importaba ponerlos por encima del respeto a su futura esposa a un grado vejatorio. Un ejemplo de esa conducta la marcó mucho. Ocurrió en la Nochebuena de 2019 en México, cuando ella se negó a tener relaciones sexuales con Wim porque sufría de una miocardiopatía por estrés—afección conocida popularmente como Síndrome del corazón roto—que la obligaba a evitar esfuerzos físicos. Él se enojó y la dejó sola porque prefirió irse a Puebla con sus amigos músicos.

Minerva fue abusada sexualmente de niña por un familiar y luego de joven por un tipo que en varias ocasiones la atacó físicamente y amenazó con matar a sus seres queridos si lo denunciaba, así que las actitudes machistas de Wim—que conocía ese terrible pasado—tenían un efecto aún más devastador sobre la mexicana. Cuando a veces ella se quejaba de sus gestos vulgares y le pedía muestras de cariño, él le contestaba que “no tenía la culpa” de aquellas violaciones.

“Un niño abusado crece con la autoestima lastimada o anulada, por lo que uno se siente como una basura que no merece lo mejor del mundo [...] Por eso necesitaba que Wim fuera más dulce conmigo”, explica.

Wim pidió la mano de Minerva en 2020 en México. “Se hincó (ante mis padres), lloró y les dijo que los amaba”, recuerda ella todavía sorprendida. Pero días después se fue a Puebla con sus amigos músicos y desapareció. Como no contestó el teléfono durante varios días, ella incluso pensó que se había regresado a Bélgica sin avisar. El día que finalmente le tomó la llamada fue para confesarle que estaba en Puebla con otra mujer que conocía desde hace tiempo. Le pidió que lo perdonara y ella cedió. “Pensé que una vez casados en Bélgica las cosas se arreglarían”, dice mientras suspira.

Con el compromiso matrimonial en pie, Minerva se estableció los últimos días de agosto de 2020 en el departamento de su futuro marido, ubicado en un pequeño pueblo del este de Bélgica, cerca de la ciudad de Lieja. Llegó con un permiso migratorio temporal, condicionado a que se casara con su novio belga. Era la única mexicana de la comunidad y difícilmente podía comunicarse con alguien más al no entender ni poder hablar el neerlandés.

Ya en Bélgica empeoró la manera en que Wim la trataba: controlaba sus llamadas telefónicas, se burlaba de su cuerpo, la regañaba por aspectos de su manera de ser que no le gustaban y le compraba los productos de gama baja que ella necesitaba. A la par aumentaron la violencia verbal y las exigencias sexuales que a ella le incomodaban al considerarlas obscenas.

Tras sus arranques de enfado le dejaba de hablar durante días o experimentaba también cambios extremos de humor que lo llevaban sin transición del insulto al halago. Minerva llegó a pensar que Wim sufría de algún trastorno emocional, pero él le decía que ella tenía que entender que así era su personalidad y por eso necesitaba una “mujer fuerte”.

El hombre creía que Minerva había renunciado en México al trabajo estable que tenía desde hacía una década como cantante en un coro de cámara profesional. Ella lo había intentado, pero su jefe—premonitorio—insistió en mejor concederle un permiso para ausentarse un año. Wim pensaba que tampoco tenía una línea belga con internet en su viejo celular porque jamás cumplió su promesa de comprarle un teléfono nuevo con ese servicio. Pero la mexicana contrató un acceso a internet internacional con dinero de sus ahorros y nunca se lo dijo.

El final de su relación se precipitó el día que Wim recibió una llamada de su amante en México mientras veía la televisión con Minerva. Sin querer, él activó el altavoz del aparato y se escuchó el saludo amoroso de la mujer. Su reacción fue patear a Minerva para que se levantara del sillón y se fuera, lo que ella hizo fingiendo no enterarse de nada.

Cuando días después se lo reclamó, el hombre estalló en cólera: “¿Y qué quieres hacer?, ¡yo no te traje!”, relata que Wim le gritaba. “¿Cómo que no me trajiste? ¡Tú le pediste mi mano a mis papás! ¡Tú pagaste el boleto del avión!”, respondía desesperada. La discusión subió de tono: “¡Pero tú quisiste venir!”. “¡Pero tú me pediste matrimonio y por eso estoy aquí!”, reviró. “¡Pues entonces te puedes ir!, ¡lárgate en este momento!”, ordenó él.

Minerva confiesa que en ese momento pensó que vendría una agresión física y por su cabeza atravesó la idea de correr a la cocina y tomar un cuchillo para defenderse. Pero mejor corrió a un cuarto y se encerró. Él la siguió. Golpeaba la puerta “como loco” y le ordenaba a gritos que abriera. “Estaba temblando y juraba que me golpearía”, dice en la entrevista.

Era de noche y todo estaba cerrado en el pueblo. No sabía cómo moverse en transporte público porque no hablaba el idioma y, de cualquier forma, no tenía a dónde ir. “¡Cuando amanezca no quiero que estés aquí!”, fue la última advertencia de Wim.

Minerva pasó toda la noche en vela. Llamó a su familia en México y a sus amigos en Alemania y Holanda, y dio con una página en Facebook de la comunidad mexicana en Bélgica. La administradora, Teresa*, escuchó su historia y entre ambas acordaron que Minerva tenía que tomar sus maletas y huir porque su situación era peligrosa. Y es que el feminicidio de la mexicana Berenice Osorio, cometido en 2018 en la misma región de Bélgica, aún estaba fresco en la memoria de muchas mexicanas en Europa.

El esposo de Teresa pasó por Minerva tres días después, a una hora en que Wim estaba en el trabajo y luego del episodio del mechón de cabellos que anunciaba su enfermedad. La subió a un tren con destino a Alemania, en donde conocidos suyos ya la esperaban.

El día que huyó, ella estaba tan nerviosa que ni desayunó. Sólo le dejó a Wim dos cartas y un mensaje de celular explicando su decisión. En el automóvil rumbo al tren le preguntó al esposo de Teresa si estaba actuando correctamente. “Sí—le respondió—, estás haciendo muy bien porque en cualquier momento el tipo podría matarte”.

Wim trató de llamarla pero no le contestó. Él le mandó un mensaje de audio, que escuchó posteriormente, en el que le decía: “No quiero que peleemos. Sólo quiero saber que estás bien”. Lo único que sabe Minerva de él es que se casó con la mexicana con la que la engañaba casi desde el principio de su relación y quien era pareja de uno de los amigos músicos de Wim.

Fueron las tres peores semanas de toda su vida, asegura la mexicana. “Me quería callada, sumisa y abnegada”.


Nohemí


Foto por Nohemí. España, 2022.

Gráfico por Underground Periodismo Internacional. México, 2022.

Nohemí conoció a Manuel* en su natal Monterrey a mediados de los años 90 del siglo pasado. Siendo apenas una adolescente de 16 años quedó profundamente enamorada del apuesto español, 13 años mayor que ella, que comenzó a pretenderla. Contra el deseo de sus padres, la joven mexicana se casó. Nunca imaginó el rumbo que tomaría su vida a partir de esa decisión porque su esposo la presionó para emigrar y—hasta hoy—nunca ha logrado volver a su natal México.

A 24 años de distancia de los hechos, la mexicana acepta compartir su historia. Explica que cuando ella fue víctima de violencia conyugal el tema no era visible en la sociedad española. No se hablaba al respecto. Tampoco existían los canales de comunicación social que hay hoy. Está convencida que si los acontecimientos en su vida hubieran sucedido ahora, cuando el tema es más visible, quizás su historia sería otra.

Casi inmediatamente luego de casarse, Nohemí quedó embarazada. Su primer hijo nació todavía en México, pero Manuel no perdía la oportunidad de convencerla de irse a España.

“Después de mucho insistir acepté que nos fuéramos. Sería sólo por dos años porque su mamá estaba enferma—supuestamente la acababan de atropellar—y no tenía ni papá ni hermanos que la pudieran cuidar”, recuerda.

Al llegar a la casa de Manuel, en la región de Valencia, se dio cuenta con sorpresa que la situación era otra: “De entrada, nos recibieron sus hermanos. Después me doy cuenta que sí hay un papá y de repente aparece la mamá que venía de trabajar. Era una historia totalmente distinta a la que me contó”.

Pero Nohemí era muy joven y estaba profundamente enamorada. Positivamente resignada aceptó la situación. Sin embargo, notó de inmediato el cambio radical de actitud de su esposo: “En México teníamos la costumbre de decirnos apodos cariñosos. Yo le llamaba bebé, ratón o cualquier tontería de esas. Recuerdo que la primera vez que le llamé bebé acá, giró su cara y muy serio me dijo: ‘Me llamo Manuel’”.

No sólo eso. Desde el principio, la suegra la puso a trabajar con ella limpiando escaleras de edificios. Comenzaban cada día a las 4 de la mañana y ya de vuelta en casa también tenía que ayudar en las labores domésticas. Cansada y decepcionada, Nohemi decidió que regresaría con su bebé a México, pues contaba con el boleto de regreso del boleto abierto que habían comprado para volar a España. Pero de forma “inexplicable”, su pasaporte y el de su hijo desaparecieron. Tampoco encontró el boleto de avión, sino hasta muchos años después en un cajón de cosas de su suegra.

“Dije: ya me fregué. Ni modo. Yo no quería decirle a mi familia lo que estaba pasando porque ellos me lo habían advertido. Entonces me daba vergüenza decirles lo que pasaba. Además de que siempre que hablaba con ellos, mi suegra o alguno de mis cuñados se sentaban a mi lado. Yo no podía hablar a solas con mi familia”, recuerda.

Así pasaron un par de años, sometida a abusos domésticos de los que participaba toda la familia de su esposo. El día en que enfrentó a Manuel y le dijo que no podía más -porque ya se encontraba embarazada de su segunda hija y tenía además una amenaza de aborto—éste decidió echarla de la casa. Recuerda que ese día a las 4 de la mañana salió con su hijo en brazos y se fue a refugiar a la central de autobuses de la ciudad. Ahí una mujer la auxilió y la llevó a un centro de acogida para mujeres.

Pero al poco tiempo Manuel la ubicó y la convenció de volver. Ella puso como condición para regresar no vivir más en casa de su suegra. Quería su propio espacio. El papá de Nohemí había muerto hacía poco y ella había recibido una cantidad de dinero considerable. Así que le pidió a Manuel comprar con eso un departamento para tener un lugar propio para la familia que estaban formando.

Su esposo la volvió a engañar. Le hizo creer que al estar casado no hacía falta ni que ella estuviera presente durante la compra del inmueble, ni en la escrituración, ni nada, pues al estar casados automáticamente lo que era de ella era de su esposo y viceversa.

“Nunca conocí mi piso hasta el día en que me fui a vivir en él. Lo compraron además en la misma calle donde vivía mi suegra. Ella lo escogió, lo amuebló y entraba cuando le daba la gana porque tenía llave”, dice.

Las cosas no cambiaron en los siguientes dos años. Nohemí se sentía molesta con todo, no podía más pero al mismo tiempo el vínculo emocional con su marido era muy fuerte. Sumado a los malos tratos y golpizas que Manuel le daba y a las intromisiones insoportables de su suegra, sucedió que ésta—además de todo—se había posesionado prácticamente de su hija menor. Era la nieta más pequeña pero además la única mujer y con rasgos más occidentales, muy similares a los de su padre. El hijo mayor, en cambio, era más parecido a Nohemi, moreno y de pelo oscuro.

La madre de Manuel no ocultaba su despreció contra la joven mexicana y alguna vez directamente le mencionó que ella no quería extranjeros dentro de su familia “y menos negros”. Con el tiempo, su influencia sería decisiva para que los hijos de Nohemí no tuvieran interés y en cambio sí temor del país de donde provenía su madre.

Cansada quiso volver a tomar una decisión definitiva y separarse, pero se dio cuenta que estaba embarazada por tercera vez. Esta vez, sin embargo, decidió contarle todo a su mamá, quien sin dudarlo llegó a España junto con su hijo menor de 10 años entonces. Ahí, le hizo ver a Nohemi que no tenía necesidad de soportar las humillaciones porque ella trabajaba, era autosuficiente y tenía su propia casa.

“Tienes razón'', le dije. Y cuando lo hablé con él y mi suegra, ella dijo: no hay problema, te puedes ir cuando quieras. Incluso me preguntó si me iba sola o con los niños. Le contesté: no, el que se va es él, esta es mi casa. Su respuesta fue: ¿estás segura?”.

Un nuevo engaño. Con pasmo, Nohemí comprobó que el departamento que creía suyo no estaba ni a su nombre ni al de Manuel, sino al de su cuñado. Un mes después, un hombre tocó su timbre para anunciarle que era el nuevo dueño del inmueble y que tenía un mes para dejarlo. Le aclaró que no podía llevarse nada porque se lo habían vendido amueblado.

“Yo salí de ahí con mis hijos y la ropa. No más.”, recuerda entre sollozos.

Para ese momento, Nohemí había ya promovido la demanda de separación, apoyada por Patricia, una abogada con la que trabajaba limpiando su casa. Tras el evento del departamento cayó en una profunda depresión. Su mamá tuvo que vender su propia casa en Monterrey para poder sobrevivir todos mientras ella se ponía en pie.

A más de 20 años de aquellos hechos reflexiona cómo el Estado la abandonó también y no hubo protección para ella en ese momento:

“La jueza me obligaba a dejar que él se llevara a los niños. Me los devolvía cuando él quería, pero si no quería no lo hacía. Era su manera de presionarme. Yo iba y me quejaba y me decían que no era secuestro porque los niños estaban con su padre”.

En 2005 y luego de sufrir mucho por las ausencias de sus hijos a quienes Manuel se llevaba y no devolvía, Nohemí accedió a volver con él. Pero la armonía familiar duró muy poco. Pronto se dio cuenta que su esposo se había enganchado con las drogas. Ella seguía trabajando la gran parte del día limpiando casas, mientras que él -decía- cumplía con su trabajo como repartidor comercial. Pero lo cierto es que se perdía el día entero drogándose, y poco a poco comenzó a hacerse ella cargo de los gastos de toda la casa y del alimento de siete cabezas.

Comenzó la etapa quizás más violenta para ella. “Llegué a hacer tres turnos al día de limpieza. Pero por mucho que limpiara no me alcanzaba. Además él me exigía que le diera dinero y cuando no le daba, porque no lo había, me daba verdaderas palizas de dejarme tirada en suelo. Mi mamá padecía intentando ayudarme, llamaba a la policía, llegaban, se lo llevaban, duraba sólo una noche fuera y al día siguiente ya lo tenía en casa”.

Y otra vez las instituciones poco la ayudaban y más bien la revictimizaban: “volví a pedir una orden de alejamiento y se atrevieron a preguntarme que ahora por qué me quejaba si yo sola, por mi gusto, había decidido regresar con él”.

Fueron tiempos muy difíciles. Nohemí decidió cambiar de trabajo y comenzó como cajera en supermercados. Hasta ahí llegaba Manuel y robaba cosas. En una ocasión, estando presente la suegra, ésta llamó a la policía y la acusó de haberla ofendido y golpeado. Las dos terminaron en la comisaría y la jueza que realizó el juicio express para determinar culpabilidad notó la situación extrema en que se encontraba Nohemí. Por separado la interrogó y le recomendó un abogado que podía ayudarla. De alguna forma logró también que su caso llegara a ella y finalmente le otorgó una nueva orden de alejamiento no sólo contra él sino contra toda la familia de Manuel.

Los problemas de adicción siguieron y en dos ocasiones -asegura la mexicana- él intentó matarla. Fue gracias a que la segunda vez, llevada con engaños a un terreno baldío donde estuvo a punto de degollarla, hubo testigos—un policía—que la justicia lo condenó a 5 años de prisión por intento de homicidio.

En 2012 Nohemí logró divorciarse de Manuel mientras él purgaba su último año de prisión. A finales de 2013 él quedó en libertad y volvió a vivir a casa de su madre. Pero fueron los propios hijos de Nohemí quienes dos años después le suplicaron que recibiera de nuevo a Manuel en su casa toda vez que la relación con la abuela se había fracturado. Ella volvió a ceder pero sólo por unos meses. Manuel recayó en las drogas y ella lo corrió de su casa. Al poco tiempo, murió de una sobredosis en un hospital.

“Fue entonces que por fin el Estado tuvo un poco de compasión conmigo y a pesar de estar divorciada me dio una pensión por viudez por las 32 denuncias por violencia contra mí que gané a lo largo de los años juntos. Se dice fácil pero fueron 32 denuncias […]”, dice y guarda silencio, como si de pronto fuera consciente de todo lo que tuvo que soportar en todos estos años.


Paola


Foto por Paola. Alemana, 2022.

Gráfico por Underground Periodismo Internacional. México, 2022.

BERLÍN | ALEMANIA

Fue la semana previa a la Navidad de 2017 cuando la discusión entre Paola y su esposo volvió a subir por enésima vez de tono. Furioso, el hombre tomó a la niña de ambos, de apenas un año de edad, y se fue. En el departamento familiar, ubicado en el centro de la ciudad alemana de Münster, la joven mexicana se quedaría sola y aislada los siguientes siete días.

Porque sin saber alemán, sin un euro en la bolsa, ni llaves para poder entrar de nuevo a casa en caso de salir, ni crédito en el teléfono celular, ni señal de internet y ni siquiera un radio o una televisión, a Paola sólo le quedó esperar a que su verdugo regresara e intentar en todo ese tiempo no perder la razón.

No era la primera vez que Dirk* la castigaba. Meses atrás había comenzado con el dinero e incluso con los arranques de violencia. Al ser el único que trabajaba, el maestro de música controlaba las finanzas de la familia a su antojo. La tarjeta telefónica del celular de Paola estaba a su nombre, así que también dependía de su humor el que ella tuviera o no crédito para comunicarse. Y el internet en casa no estaba disponible para ella. Cuando llegaban a ver televisión o escuchar radio lo hacían a través de la computadora de él. Ella nunca tuvo acceso ni a la máquina y tampoco tenía un juego de llaves propio para entrar y salir de su vivienda.

Pero esta vez fue diferente… porque además de todo lo anterior, se llevó a la niña y se fue sin decir cuándo volvería.

“Me dejó como en una burbuja, incomunicada completamente. Recuerdo que los primeros días ni siquiera tenía hambre. Me despertaba llorando y me dormía llorando. No podía pensar. Era un nivel de dolor desconocido. No entendía qué pasaba: estaba sola en un departamento, veía el cuarto de mi hija y sólo me preguntaba en qué momento pasó todo esto”, recuerda Paola.

Cuando dos días después la comida del refrigerador se terminó, el sentido de supervivencia de la mujer se agudizó y la hizo recordar que alguna vez logró conectarse al servicio de internet gratuito de la ciudad en la parada del autobús que había justo afuera de su casa.

Subida a una silla, en el rincón de una de las habitaciones, logró conectarse a la señal y en uno de los tantos grupos de mexicanos en Alemania que había ubicado en Facebook —el de mexicanos y mexicanas en Münster—lanzó un grito de auxilio.

Minutos después una mujer la contactó. Era una paisana que deseaba ayudarla. Fue así que horas más tarde Marjorie tocó a su puerta con una minidespensa (huevos, arroz, pan, queso, jamón) para comer un par de días más y un billete de veinte euros.

“Me sentí muy agradecida pero al mismo tiempo muy rota. Estaba moralmente muy deconstruida. Ahora te lo cuento tranquila, pero en aquel momento sentía que me volvía loca”, refiere Paola.

Paola y Dirk se conocieron en 2003 en Oaxaca, México, durante un viaje mochilero por las costas del Pacífico mexicano. Ambos eran jóvenes, con 20 años, y su romance duró lo que el viaje en el que se encontraron: dos meses. Sin el desarrollo actual de las redes sociales, ambos perdieron la pista. Paola creyó que nunca lo volvería ver.

Doce años después, en mayo de 2015 y faltando unos días para su cumpleaños, la joven posteó una fotografía en su cuenta de Facebook que Dirk de alguna forma encontró y comentó. Entonces comenzaron a hablar de nuevo.

En aquel entonces Paola, oriunda del Estado de México -por cierto, uno de los lugares en México en donde más feminicidios se cometen- vivía en Tulum, en el Caribe mexicano. Su vida, podría decirse, era perfecta: trabajaba en el área de la hotelería, era guía de turistas, combinaba su afición por el buceo con el video y la fotografía, tenía amigos por montón y—como ella dice—era feliz. Volver a tener contacto con el chico alemán que años atrás la había enamorado parecía ser la cereza en el pastel de su vida.

Así que no pasaron ni dos meses desde el reencuentro virtual con Dirk cuando Paola aterrizó en Alemania como turista para pasar tres meses con él y ver si podían retomar la relación en el punto en el que se había quedado 13 años antes.

“Fue en julio de 2015. Habían pasado 13 años desde la última vez que nos vimos y claro que me di cuenta que los recuerdos que uno tiene en la memoria no son los mismos a la realidad. El tiempo pasa y la otra persona y uno mismo cambiamos”, reconoce hoy. Pero de alguna forma esos primeros tres meses en Alemania fueron agradables para ambos.

Acongojada porque se vencían los tres meses con estatus de turista en que podía estar de forma legal en Europa, la mexicana tuvo que volver a México en octubre de ese año. Al despedirse de ella Dirk planteó una solución: “la única opción que tenemos para estar juntos es casarnos. Ya casados puedes venir a Alemania con la visa de reunificación familiar”.

Fue así que en diciembre de ese año Dirk viajó a México: la arena blanca y el mar azul turquesa de las playas de Tulum fueron el marco de su unión civil con Paola.

La pareja planeó entonces la mudanza de ella a Alemania para febrero de 2016. Un pequeño acontecimiento supuso el primer reto de pareja entre ellos: el inmediato embarazo de ella.

“Cuando me di cuenta de mi embarazo hablamos por teléfono porque yo tenía la idea de abortar. No nos veía preparados para ser padres y yo tenía pánico por mi historia de vida pero él me imploró que no lo hiciera, me dijo que todo estaría bien. Yo lo único que le pedí es que me prometiera que nunca seríamos una familia rota, en el sentido de que si por alguna razón lo nuestro no funcionaba no termináramos mal, rotos y fracturados”, explica.

Fue en febrero de 2016 cuando con el acta de matrimonio mexicana apostillada bajo el brazo, una maleta, un costal de ilusiones en su cabeza y un bebé en gestación en su vientre Paola aterrizó en Alemania.

Y fue en ese momento también cuando la historia de hadas comenzó a diluirse.

Paola pasó el mayor tiempo de su embarazo en Alemania sola. Sin amigos ni conocidos, su único contacto con el exterior era el curso de alemán nivel básico que tenía que solventar para poder recibir su permiso de residencia. Dirk trabajaba el día entero como profesor en una escuela de música y para ella resultaba muy complicado el tema del idioma.

“No sabía ni decir hallo (hola), ni pedir un pan en la panadería”, recuerda y confiesa que el shock con el idioma era tan fuerte que tardó un mes en poder ir sola a un supermercado. Esa Paola fuerte e independiente que vivía sola en el Caribe mexicano comenzó a desdibujarse lo mismo que aquel Dirk relajado, ameno y cariñoso que ella había conocido.

“Mi esposo era físicamente la misma persona que conocí (en México) pero completamente otra en Alemania. Yo me enamoré del hombre divertido que él era cuando estaba de vacaciones. No lo conocía en su fase como workaholic, con el estrés del día a día”, reflexiona.

Sucedió entonces que él dejó de hablar con ella. Cansado del trabajo, cada noche regresaba a casa sin querer comunicarse y Paola, en cambio, esperaba el momento para poder hablar, hacer cosas y pedirle apoyo en otras. Comenzaron así las discusiones que pronto pasaron a ser faltas de respeto y groserías: “me decía que si no me gustaba la situación que me fuera”.

El día en que nació su hija, Dirk le pidió firmar unos papeles que ella ni siquiera sabía qué eran ni entendía porque aún su alemán era muy básico. Al salir del hospital se percató que la niña sólo tenía el apellido de su padre y no el de ella. Al preguntar el porqué la respuesta de él fue seca: “Así es en Alemania”. Con su firma, ella había autorizado, sin saberlo, que la niña sólo tuviera el apellido paterno a pesar de que al ser ella mexicana también podría haberle dado el suyo.

Paola tampoco fue consultada por su esposo si estaba de acuerdo en que fuera él quien recibiera el dinero de apoyo que el Estado alemán otorga a cada familia con niños. Simplemente él decidió que así sería.

Tras el nacimiento de la bebé la relación siguió deteriorándose. Paola tuvo depresión posparto y el cuidado de la niña las 24 horas los siete días de la semana (había días en que no dormía), más el hecho de tener que ocuparse de todas las tareas de la casa, la consumieron. Y él no lo entendió. Por el contrario, comenzó a castigarla.

“Se iba de vacaciones él solo y cuando yo llegaba a gastar 50 euros en comida en el supermercado me reclamaba. Si yo me atrevía a reprocharle algún gasto que él hubiera hecho me decía que me callara la boca, que era su dinero y él lo ganaba”, ejemplifica.

Los pleitos escalaron y llegó la violencia. Primero aventando cosas, luego pegando a la pared y después a ella. La primera vez, el día del Padre de 2017; la segunda vez, ya separados en 2018.

Deprimida, desesperada y en absoluta soledad -no tenía amistades y los problemas no los compartía con su familia en México pues en ese entonces su papá padecía cáncer en fase terminal-, Paola buscó ayuda. No soportaba la idea de que Dirk se llevara a su hija y un día nunca más regresaran. En el consulado mexicano en Frankfurt le dijeron que no podían hacer nada por ella. En la línea de apoyo telefónico contra violencia de género, instalada por el gobierno alemán, tampoco la asesoraron por no encontrarse en una situación de riesgo y emergencia. En la policía, la mandaban a la Oficina de Protección al Menor y ahí—asegura—tampoco la tomaban en serio.

Se topó entonces—como muchas mujeres en la misma situación—con una violencia estructural e institucional que la revictimizó por su condición de migrante. Y es que sin mayor conocimiento sobre sus derechos, sin el dominio del idioma y sin conocer las vías institucionales adecuadas para denunciar el maltrato a Paola, el sistema le dejó claro que para mujeres como ella el camino no es fácil y es, incluso, adverso.

“Una siguiente vez llegué a la policía con los moretones de un día anterior y sólo me dijeron que no podían levantar un reporte, que me buscara un abogado, que fuera a la Corte […]”, relata.

En 2018, Dirk dejó el departamento que compartían y dejó a Paola, literalmente, a merced de su suerte. Sin trabajo y sin dinero, la joven ha tenido que emprender una agotadora lucha para sobrevivir y mantener a su hija a su lado en un país que si bien ofrece apoyo y soporte a mujeres como ella, demanda no sólo el conocimiento de un idioma complejo como el alemán sino el dominio de la famosa y legendaria tramitología alemana, inexplicable incluso para muchos nativos de este país.

Gracias a un grupo de madres latinas en Facebook logró conseguir a una abogada que la ha orientado no sólo en el proceso de divorcio, que causó efecto en 2021, sino en lo referente a la custodia de su hija, que hasta el día de hoy comparte con Dirk. Al mismo tiempo, con la ayuda social que el gobierno alemán le otorga, logró rentar un pequeño departamento en la misma ciudad de Münster, donde vive con la pequeña. Aunque goza de un permiso de residencia que le permite trabajar no puede hacerlo, pues la frágil salud de la niña y la falta de apoyo y solidaridad de Dirk se lo impiden.

“En algún momento busqué trabajo en el zoológico, como buzo, sin éxito; también pensé en dar clases de natación pero no es posible porque las piscinas abren a las 7 de la tarde y no hay quien se ocupe de mi hija a esa hora. Me interesaba el trabajo en hotelería pero (sin un documento oficial que avale mi preparación) no se puede. Pensé después que me gustaría aprender el oficio de la panadería, pero para eso hay que comenzar a las 4 de la mañana y me enfrento de nuevo al problema de quién cuida a la niña”, explica sin ocultar el gran sentimiento de frustración que le genera la situación en la que vive.

A principios de 2022 logró que el juez le permitiera viajar con la niña a México. Desde su llegada a Alemania no había podido volver a visitar a su familia y este pequeño triunfo (porque Dirk no otorgaba su autorización) significó un remanso de alegría. Y es que sabe que cuando menos en los próximos 12 años—hasta que su pequeña cumpla la mayoría de edad—vivirá anclada a Alemania.


Vanessa


Foto por Vanessa. Italia, 2022.

Gráfico por Underground Periodismo Internacional. México, 2022.

Vanessa y Stefano* se conocieron en la Ciudad de México. Él vivía ahí por cuestiones laborales. Luego de unos años de tratarse, decidieron que ella se mudaría a Italia, de donde él proviene, para estar juntos. Ella estaba muy enamorada y él tenía dos hijas de una relación anterior, así que tomar la decisión no fue difícil. Era lo más conveniente para él y Vanessa lo aceptó sin recelo.

Emilia era una mujer independiente, en todos sentidos. Había nacido en Ciudad de México pero crecido en Estados Unidos y además había vivido sola algún tiempo en Canadá. Emigrar a un nuevo país y más aún con el hombre que amaba no representaba un sacrificio.

Sin saber una palabra de italiano -casi de inmediato se daría cuenta que a pesar de las similitudes con el idioma no entendía nada—Emilia llegó a vivir a un pueblo del norte, cerca de la ciudad de Ferrara.

“Como a todas las mujeres nos pasa, llegas y eres totalmente vulnerable a todo. Me sentía literalmente una analfabeta porque no entendía nada. Él y yo nos comunicábamos (en ese momento) en inglés y español”, recuerda Vanessa.

Tres meses después de haber llegado -cuando el visado de turista con el que entró a Europa se vencía- se casaron y escasos tres meses después Vanessa esperaba ya a su primera hija. Fue entonces—asegura—cuando todo comenzó a cambiar. Y es que durante el embarazo, la joven mexicana tuvo depresión y Stefano comenzó—dice ella—a descuidarla.

Primero fueron malos tratos y violencia verbal, algo a lo que ella no estaba acostumbrada. Las discusiones se hicieron cada vez más frecuentes y además escalaron. Cuando ella intentaba tomar distancia y alejarse para que los ánimos se enfriaran, él la seguía y no le otorgaba el espacio para estar sola que ella le pedía.

Cuando la niña nació la relación se deterioró más y más. De las malas formas y agresiones verbales siguieron actitudes como arrojar cosas y azotarlas en el suelo.

“Un día se enojó tanto conmigo estando en la cocina que me aventó un pedazo de pizza por detrás de la cabeza. Yo reaccioné y me puse muy mal porque jamás en ninguna de mis relaciones había tenido algo así”, dice.

La conversación con Vanessa tuvo lugar una mañana de invierno. Tomó su coche y manejó hasta un sitio donde normalmente daba paseos para despejarse. Tranquila, sola, sin presiones ni temor de que su esposo pudiera escuchar, accedió a contar su historia.

“Me parece importante contar mi historia porque así como me ha pasado a mí, conozco muchas chicas a quienes les ha pasado (algo similar). Es algo muy común y lamentablemente es poco lo que se puede hacer”, refiere.

Tras el evento con la pizza las cosas lejos de tranquilizarse se hicieron más pesadas para ella. Meses después una nueva discusión provocada por la agresividad de Stefano hizo que intentara poner un punto final: “No puedo más. Tan pronto pueda tomo mis cosas y me voy”, le dijo, además de hacerle saber su hartazgo por sus reacciones y la falta de respeto hacia ella.

La respuesta del hombre fue tomarla por la fuerza de los brazos, lanzarla con violencia a la cama, montarse sobre ella sujetándola de las muñecas y acercar su cara a la suya de forma amenazante.

Vanessa recuerda que histérica de miedo logró zafarse, correr a la sala para tomar en brazos a su hija, ya entonces de tres años, agarrar su celular y meterse en el baño para intentar pedir ayuda. Pero él corrió detrás de ella, colérico intentó arrebatarle el teléfono, se jalonearon mientras ella tenía a la bebé en los brazos.

“Al final logró arrebatarme el teléfono pero ‘no hubo violencia’ porque no me pegó. Lamentablemente, y esto lo recalco, no me golpeó. Las cosas que me hizo no me dejaron evidencia física y esto es una clave muy importante porque representa una línea muy delgada entre el tener una evidencia del maltrato o no”.

Agrega: “Cuando te golpean y terminas en el hospital con moretones y hay evidencia (entonces) tienes todo a tu favor (para defenderte). Pero cuando es una violencia de este tipo, sobre todo psicológica, lamentablemente no hay evidencia y es tu palabra contra la suya. Y es lo peor porque experimentas un nivel de frustración horrible”, explica.

Como pudo, Vanessa volvió a tomar el teléfono y marcó a sus suegros para pedir ayuda. Dice que con ellos llevaba una relación normal y relativamente cercana. Pero resultado de la llamada se percató que su suegro difícilmente entendería lo que había sucedido y daba por hecho que, por la propia cultura italiana y por cómo era la relación entre ellos, los dos respaldarían a su hijo. Decidió entonces también llamar a la policía.

Recuerda lo incómodo y complicado que fue todo porque una vez que estuvieron ahí los suegros, éstos más bien se concentraron en la niña, y cuando la policía llegó (por cierto, sólo hombres) Stefano cambió de actitud a la de un hombre relajado, minimizando todo lo sucedido, queriendo dar la idea de que nada había pasado y presentándola a ella como una mujer estresada, exagerada y con problemas emocionales.

La escena que a continuación describe Vanessa ejemplifica los encuentros que otras mujeres reportaron haber tenido con elementos del orden durante esta investigación:

“Como pude, expliqué lo que pasó, pero su reacción fue como de telenovela. Además de que evidentemente todos eran hombres, luego de escuchar me preguntaron: ‘¿pero qué fue lo que pasó?’. Volví a explicar: me gritó, me aventó, me lanzó, me lastimó […] pero ellos no lo entendían. No por mis palabras, sino por el hecho mismo: ‘¿Y?, ¿Para eso nos llamaste?’, fue su respuesta. Imagínate el nivel de frustración que sentí”.

Por suerte para Vanessa, en aquel momento también llegó una ambulancia que enviaron por protocolo y el paramédico a bordo era una mujer. Tras revisarla le dijo que efectivamente no había encontrado evidencia física, pero le recomendó que de todas formas fuera al hospital para que quedara asentado en un documento lo que acababa de vivir. Además, de forma privada, le habló de un centro de ayuda para mujeres que viven violencia.

Como muchas de las mujeres migrantes que sufren este tipo de agresiones, Vanessa carecía de una red de apoyo y contactos. Recuerda que al principio—incluso como pareja—no se frecuentaban a más gente. A Stefano le conocía sólo un par de amistades a quienes apenas veían.

Lo que a ella realmente le ayudó para no caer en una depresión más profunda de la que ya tenía fue comenzar a trabajar como maestra de inglés en una escuela de idiomas en la ciudad de Ferrara.

“Al final mi trabajo, a pesar de que no es el super trabajo (porque) no gano como quisiera y hay muchos problemas a nivel de discriminación, es un trabajo que me ha dado libertad porque gano mi dinero y eso es muy importante”, dice.

Luego del evento con la policía, Vanessa decidió perdonar a su esposo y darle una segunda oportunidad no sin antes advertirle que, de haber otro acto de violencia, ella se iría de inmediato de la casa. Además también le puso como condición que hiciera terapia.

Pero la relación no mejoró. Llegó 2020 y con ello la pandemia. El norte de Italia fue una de las regiones más golpeadas por el coronavirus y sus habitantes vivieron un confinamiento larguísimo. Stefano y Vanessa tuvieron que trabajar desde casa y la tensión entre ellos aumentó.

En una ocasión volvió la violencia y en un momento de cólera el hombre rompió con el puño una puerta. Hubo sangre, gritos, ofensas. Fue un momento muy difícil porque ella no pudo cumplir su promesa de abandonar la casa. Las fuertes restricciones para salir a la calle se lo impidieron y además ninguna asociación u organismo que pudiera ayudarla tomaba el teléfono. El confinamiento era total.

Fue entonces que a Vanessa le quedó claro que no podía y no quería seguir así. Comenzó a ahorrar con la intención de juntar dinero suficiente para poder independizarse. Lo hacía en secreto porque temía la reacción violenta de Stefano de llegar a enterarse. Hacia afuera simulaba seguir con la relación. Había entendido que lo que desencadenaba la violencia en su marido era cuando ella trataba de defenderse o alejarse emocionalmente de él cuando éste la maltrataba.

“Con los años aprendí cómo manejarlo, cómo darle por su lado. Se porta grosero conmigo, con actitudes humillantes hacia mí, pero lo único que me queda como estrategia—porque mi instinto es combatir y defenderme—es quedarme callada, me pongo literalmente a llorar y él me ignora”, dice.

Sin embargo, la situación le ha pasado factura en su salud. Padece una gastritis aguda generada por estrés y nerviosismo y asegura que ha estado al borde de ataques de pánico. La niña, por su parte, reaccionaba escondiéndose debajo de la mesa cada vez que Stefano se ponía violento: “Dime si eso es vida. No podemos vivir así. Mi hija necesita bienestar y serenidad y evidentemente lo resiente igual que yo”.

La gota que derramó el vaso fue el día en que su pequeña—de entonces 4 años—le contó que cuando estaban a solas al abuelo le gustaba jugar un juego en el que los dos tenían que quitarse los pantalones.

Las alarmas se encendieron y de inmediato Vanessa intentó hablarlo con Stefano, quien de inmediato desestimó el dicho de su pequeña. Si bien ella no presentó una denuncia formal, sí decidió llevar a su hija en cuanto pudo con su pediatra para que la revisara y éste, por su parte, tuvo que reportar por protocolo a las autoridades la sospecha de la madre. Aunque las revisiones médicas no lograron determinar algún tipo de abuso contra la menor, Emilia buscó asesoría jurídica para conocer ahora si sus derechos e informó a su esposo que la separación era definitiva.

Tuvo que vivir todavía varios meses bajo el mismo techo con su aún esposo. Con sus ahorros logró sacar una hipoteca para comprarse una casa en Ferrara y mudarse junto con su hija. Ella tiene claro que mientras la niña sea menor de edad no podrá dejar Italia. Su padre viajó desde México para apoyarla con la mudanza y el proceso de separación. Al cierre de esta investigación, Emilia se había mudado ya a su casa.

“Ya me fui a mi casa. Las cosas han mejorado. Hemos encontrado un equilibrio”, escribió en un mensaje enviado a los periodistas.

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