
En cada siembra, los campesinos de María La Baja, en la región caribeña de Colombia, resisten la inestabilidad climática sin saber si lo que viene son inundaciones o sequías. Ante la urgencia de salvar sus cosechas, hacen camellones y riegan sus cultivos para evitar las pérdidas en la ausencia del Estado.
Los cantos de los gallos y el primer rayo de sol que anuncia el día, alcanza a los campesinos que trabajan en las cosechas de maíz, yuca, sandías, arroz, frijoles, ñame y melones en María La Baja, un municipio en la parte baja de de los Montes de María, a 75 kilómetros de Cartagena.
Este territorio funciona como una despensa vital para la región: sus 7.000 productores agrícolas son los encargados de abastecer y llevar el alimento a las mesas de ciudades clave como Cartagena y Barranquilla. Lo que allí se siembra se comercializa primero en el Caribe y luego en el resto del país
La agricultura familiar y comunitaria en Colombia produce aproximadamente 70% de los alimentos que se consumen en el país, de acuerdo con el Ministerio de Agricultura. Sin embargo, en medio de la crisis climática, los tiempos han cambiado: las sequías e inundaciones que aparecen cada mes los toman por sorpresa y ahora enfrentan pérdidas en sus cultivos.
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Hoy rezan con incertidumbre frente a ciclos que ya no reconocen. Bajo las montañas entierran las semillas y esperan con paciencia los primeros brotes. Mientras la lluvia irrumpe sin aviso, abren surcos para que el agua escurra y no ahogue el maíz; cuando el cielo se cierra, confían en que la yuca resista la sed y alcance a florecer.



Cosechas en tiempos de crisis climática
Yamilis Vuelvas es campesina de la vereda El Playón. Aprendió a cultivar porque su papá le enseñó desde que era niña y hoy, a sus 45 años, ha vivido con su familia los cambios que ha traído la crisis climática: “Nosotros sembramos el año pasado dos hectáreas de maíz para recoger 100 sacos, pero el viento lo tumbó, el verano también le hizo daño y la lluvia lo atacó. Entonces solo recogimos 25 bultos. No hay posibilidad de recoger más, porque el verano o el invierno lo atacan desde que nace”.
Al caminar entre el maíz que siembra Vuelvas, se ven hojas amarillas y tallos débiles que no lograron crecer. Las lluvias intensas anegaron el terreno antes de que las plantas pudieran afirmarse.
“Actualmente el clima ha cambiado”, explica Gregoria Herrera, mujer campesina, lideresa y directora de la organización campesina Aso Mujeres Afros. “Antes llovía todo el mes de octubre y a mitad de noviembre empezaba el verano. Ahora mismo sigue lloviendo y no sabemos qué va a pasar. Cuando hay mucha resequedad, los maíces se quedan pequeños; si hay demasiada lluvia, la mazorca sale fallada de grano”.
Herrera también ha sufrido pérdidas en sus cultivos durante los últimos cinco años. Recuerda que en 2020 sembraron maíz y frijoles, pero todo se inundó: no lograron recuperar nada y tampoco esperaban que en diciembre fuera a llover.
De acuerdo con la Unidad Municipal de Asistencia Técnica Agropecuaria (UMATA), María La Baja cuenta con 7.000 productores agrícolas que llevan alimento a ciudades como Cartagena y Barranquilla. Allí se comercializa primero en la región Caribe y luego en el resto del país.
Este municipio es predominantemente agropecuario. En María La Baja, según UMATA, las familias campesinas consumen alrededor del 10% de su cosecha, mientras que el 90% restante termina en los mercados nacionales. Sin embargo, señalan que sus cosechas han disminuido un 40% debido a la crisis climática, que ha alterado el calendario ancestral del campesinado.
“Hoy la tradición de sembrar en marzo, para el Sábado de Gloria (Semana Santa), se ha perdido, porque marzo ya no es verano sino invierno”, dice Vuelvas, sentada entre matas de maíz. “La gente picaba los montes para sembrar en marzo, pero ya no puede hacerlo porque está lloviendo. Ahora la gente siembra en el mes que sea, a lo que Dios quiera”, explica mientras agarra su machete y limpia el monte del maizal.
Para Vuelvas, que ha sembrado toda su vida, uno de los mayores problemas es la caída en la producción. En ocasiones siembra dos hectáreas de maíz esperando recoger cincuenta bultos, pero termina obteniendo apenas diez. La diferencia no deja margen de ganancia para volver a sembrar ni para pagar jornaleros, por lo que muchas veces debe asumir el trabajo ella misma.

El campesinado resiste ante la sequía y la inundaciones
Según las proyecciones del 12 de febrero de 2026 del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), Colombia inicia el año bajo condiciones asociadas al fenómeno de La Niña. El Índice Oceánico de El Niño (ONI), correspondiente al trimestre noviembre 2025 a enero 2026, registró un valor de -0,5 °C, alcanzando el umbral frío, una señal de enfriamiento del océano Pacífico que puede influir en los patrones de lluvia.
En este contexto, para marzo de 2026 los modelos proyectan incrementos de precipitación en amplias zonas del país, especialmente en las regiones Caribe, Andina y Pacífica, con aumentos que, según los escenarios modelados, en algunos sectores podrían oscilar entre 30% y 70% respecto al promedio histórico 19912020. En el Caribe —particularmente en áreas de Bolívar— se anticipan lluvias por encima de la media, lo que podría incidir en los ciclos de siembra al inicio del año.
Estás variabilidades no son una proyección abstracta. En Matuya se vive a diario.
En la vereda viven familias campesinas, que dependen de la agricultura para su sustento y alimentación. En los montes labran la tierra y entierran las semillas de arroz en suelos húmedos, confiando en el trabajo para seguir adelante.
Cada mañana, Wiliam Narváez recorre sus siete hectáreas de maíz y arroz, cultivos que apenas le alcanzan para sobrevivir. Si la sequía aprieta, se cuelga la bomba de agua a la espalda y riega surco por surco. Si la lluvia cae en exceso, cambia la manguera por la pala y pasa el día abriendo zanjas para que el agua escurra y no inunde las matas.
“El agua me está atacando tanto que cada vez que le echo abono al maíz, llueve y el agua se lleva el fertilizante. La mata no ha podido absorber los minerales. Entonces es un maíz que tengo que luchar para salvar”, dice mientras sostiene la pala y se dedica a hacer las zanjas. “Yo no esperaba el aguacero de ayer. Hoy me tocó venir a sacar toda esta agua, porque si la dejo ahí el maíz se ahoga y se pone amarillo”.
Más allá de las lluvias, el informe del IDEAM también proyecta que entre marzo y agosto de 2026 se prevén aumentos de temperatura a nivel nacional, con picos de hasta +2 °C en julio y agosto, una señal que, en territorios agrícolas del Caribe, podría intensificar los efectos de la variabilidad climática.
Esta inestabilidad no es nueva para las familias de los municipios. Unos tres meses antes, Herrera y su familia enfrentaron la sequía: tuvieron que regar el maíz con bombas de agua porque la falta de lluvia amenazaba el maizal. “Por acá, donde no hay sistema de riego, la gente siembra con el agua del cielo. Y cuando el verano aparece en momentos que no esperamos, lo que hacemos es coger la bomba y remojar el cultivo”, explica.
Frente a la inestabilidad del clima y la falta de sistemas de apoyo estatal, las familias campesinas han tenido que adaptarse por cuenta propia, construyendo pozos en sus parcelas para garantizar el riego de cultivos como maíz, sandía y melón.





Después de las pérdidas, ¿quién responde?
Colombia es uno de los países más vulnerables al cambio climático debido a sus características físicas, geográficas y sociales. En respuesta a este panorama, el Estado ha desarrollado un marco normativo: el 27 de julio de 2018 se expidió la Ley 1931, que establece las directrices para la gestión del cambio climático en el país. A partir de este marco se consolidó el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático, orientado a reducir la vulnerabilidad de los territorios e incrementar su capacidad de respuesta frente a los impactos climáticos. También la Política Nacional de Cambio Climático, formulada en 2014, guía las acciones de mitigación y adaptación que se implementan en el país.
Sin embargo, en los territorios afectados por la variabilidad climática, campesinos como los de este municipio señalan que la respuesta institucional no siempre llega al ritmo de las pérdidas. Ante esta realidad, el director de la Unidad de Asistencia Técnica y Agropecuaria (UMATA), Elías Maldonado, explica que desde su oficina han reportado los daños a entidades como la Secretaría Ambiental en Cartagena y el Ministerio de Agricultura del país, con el objetivo de gestionar apoyos y posibles mecanismos de compensación para el campesinado.

“Los campesinos han venido a la oficina a reportar pérdidas en los cultivos. También el ganado se ha visto afectado. Hemos recogido estas quejas en nuestra plataforma y las hemos trasladado a las entidades competentes”, asegura Maldonado.
En los territorios, mientras tanto, la adaptación depende muchas veces de los propios agricultores. Sin sistemas de riego formales ni apoyos inmediatos, cada familia enfrenta la emergencia climática con los recursos que tiene a mano.
Campesinos como Narváez lo expresan sin rodeos: “La alcaldía no apoya a los campesinos. Yo no puedo entregarle mi siembra a los políticos; por eso trato de regar mis matas y salvarlas. El único que me ayuda es Dios”.
Mientras los reportes se elevan en plataformas institucionales, para Lucas Zambrano, un campesino de 64 años que se ha dedicado toda su vida a la siembra familiar junto a sus hermanos, existe una certeza más dura: “El campesino, cuando pierde, pierde todo. Se lamenta, pero sigue trabajando y sembrando”, dice.

Cuando ha llovido con intensidad, aunque construyen drenajes y levantan camellones para que el agua corra, los cultivos se dañan. Con tanta lluvia, el agua baja, pero la humedad permanece y empieza a pudrir la raíz de la yuca. “Ya no importa si el drenaje tiene 20 o 30 centímetros de profundidad: cuando la tierra está demasiado húmeda, nada funciona”, concluye Zambrano.
Sin embargo, frente a las críticas de estos agricultores, Maldonado asegura que desde la UMATA han impulsado capacitaciones enfocadas en la crisis climática. “Desde la unidad hemos estado realizando capacitaciones para aportar al campesinado en temas de seguridad alimentaria. Hemos articulado varios proyectos en materia agrícola y ganadera”, explica.
También señala que han entregado herramientas para el trabajo de campo. “Aquí hemos realizado actividades por el Día del Campesino: espacios conmemorativos y jornadas de entrega de dotaciones como palas, machetes y otros implementos”.
Sin embargo, en el contexto de la crisis actual, existe una brecha importante: un machete o una pala son herramientas para labrar la tierra, pero no son herramientas de adaptación climática. Mientras el Estado entrega implementos básicos para la jornada diaria, el campesinado de María La Baja carece de la infraestructura técnica —como sistemas de riego o drenajes complejos— necesaria para blindar sus cultivos contra los extremos del clima.
Algunos campesinos afirman que no han participado en estos procesos ni recibido capacitaciones o apoyos para compensar las pérdidas recientes. La lideresa Herrera señala que los conocimientos sobre el clima provienen, principalmente, de la tradición campesina. “No hemos recibido formación sobre el tema. Aquí aprendemos de los viejos ancestros; ellos nos dicen en qué tiempos debemos sembrar o no”.
Para Herrera las capacitaciones sobre crisis climática deberían llegar directamente a las veredas, donde el cambio se vive cada día. Considera que estos espacios de formación pueden ayudar a comprender mejor el comportamiento del clima y a prepararse frente a sus variaciones. En el campo, explica, adaptarse no es un concepto lejano, sino una necesidad vinculada al trabajo, la cosecha y el sustento familiar.

Si no podemos cultivar, ¿quién va a sostener las ciudades?
Vuelvas cruza todos los días en lancha la represa de Playón. Entre montañas y cantos de pájaros que vuelan de un tramo a otro, se adentra en el monte. Dice que lo que más le gusta de sembrar es el maíz, porque con sus granos puede preparar varios platos. Sin embargo, en medio de la incertidumbre climática, ella se pregunta:
“Si nosotros los campesinos no sembramos, ¿las personas de la ciudad qué comerían?”. Y se responde a sí misma: “No podrían comer nada, porque todo nace acá en el campo: el maíz, el plátano, la yuca, el ñame. Allá habría solo hambre”.
Vuelvas camina entre las hileras de maíz, mientras el viento mueve las plantas como si el campo respirara. Espera verlo verde y no amarillo, para que pueda ser comercializado en las ciudades. La agricultora no pide más que reconocimiento por su trabajo y por quienes, como ella, sostienen la tierra para que otros puedan vivir de sus frutos.
Colaboradores
Periodista: Betty Zambrano Zabaleta
Fotógrafa: Ana María Jessie Serna
